Suicidio: ¿autodestrucción o asesinato?


  <<Abro los ojos lentamente pero la oscuridad me ciega. ¿Qué día es hoy? No sé la fecha, hace tiempo que perdí la noción del tiempo. Sospechosamente un día se parece más al siguiente en  esta tediosa rutina.  Al principio pensé que todo esto se convertiría en puro trámite, que solo sería cuestión de saber adaptarme… pero ahora he comprendido que simplemente no puedo, no estoy hecha para esto. Siento que soy una pieza de un puzzle donde no acabo de encajar, me siento extraña entre la gente.

 

     Dicen que todos venimos a esta vida para cumplir una misión, intentan vendernos con literatura barata que somos nosotros mismos los dueños de nuestro destino, que todo los sueños que imaginemos, si lo deseamos fuertemente, se pueden hacer realidad. Chorradas de positivismo barato. Sin embargo, fueron muchas horas en las que en mi pensamiento construía el futuro que quería,  pero este nunca se cumplió y ahora, por fin, he comprendido que nunca se hará realidad. Quizás para que los sueños de alguien se cumplan es necesario que los míos fracasen. Tal vez mi sufrimiento tenga algún sentido. Me gusta pensar eso…

     ¿Cómo empezó todo? No lo sé. Siempre ejecuté rigurosamente mi vida conforme a las pautas que nos dicta nuestro sistema social. Buena estudiante, terminé el bachillerato con excelente nota y luego fui a la universidad. Pero no funcionó. No he podido entrar dentro del sistema. Son tantas las noches que he pasado en vela, preguntándome entre lágrimas dónde estaba el error, qué hice mal, cuándo empecé a ser una inútil y un estorbo para los que me rodean… me siento agotada mentalmente. Estoy realmente hastiada. 

     Siento que el tiempo corre en mi contra, que cada día que pasa todo se torna más difícil. Estoy cansada de presentaciones, de búsquedas infructuosas, de preguntas sin respuesta, de sonrisas falsas, de los “ya te llamaremos”, de ser una más entre una ingente mancha de números… Estoy en un callejón sin salida… sin experiencia no hay trabajo, sin trabajo no hay experiencia.  Parece que no hay nada para lo que sirva.

     Vivo en una realidad que no me pertenece, somos parte de una escalera de colores de la timba de póker que juegan unos cuantos amigos. Y ya no pienso continuar en la partida. Quiero sentir que tengo la última palabra, que aún me queda un resquicio de libertad. Yo decido cuándo y cómo acaba el juego, ¿acaso el poder decidir no es lo que nos hace verdaderamente humanos?

     Escarbo entre mis vísceras y encuentro el poco valor que me queda. No tiene sentido vivir como una fracasada. Insuflo el suficiente aire para dar vida a mi último suspiro y dirijo mi mano hacia mi boca, cargada de un cóctel explosivo que me devolverá la paz que tanto ansío…>>.

     El suicidio, un tabú social y mediático. Cada año miles de personas pierden la vida con sus propias manos, una cifra silenciosa que supera con creces a la de los accidentes en carretera. Sin embargo, psicólogos especialistas aconsejan no informar sobre estos sucesos por un posible efecto contagio, también conocido como “efecto Werther”. A pesar de ello, aunque a veces pasen desapercibidos forman parte de nuestra cotidianidad. Quien más y quien menos ha oído hablar alguna vez de algún conocido que, sin motivo aparente, decidió ponerle fin a sus días.

     Son muchas las preguntas que nos inundan cuando intentamos comprender cuáles son las razones que empujan a una persona a querer terminar con su vida. Pero, aunque estos sucesos puedan ser la consecuencia de una enfermedad mental, son bastantes las personas sanas que, por el transcurrir de sus vidas, se encuentran en una encrucijada depresiva a la que no ven salida alguna, más que con la muerte.

     Y en estos tiempos en los que la desesperanza brilla más que nunca, las cifras de suicidios no han hecho sino aumentar, según una noticia que pude leer hace unos días en el portal digital alertadigital.com. Como indica esta información, la causa del disparo de suicidios la encontraríamos, una vez más, en la crisis económica por la que atraviesa nuestro país. Desahuciados, empresarios que ven cómo se destruye el trabajo de toda una vida, padres de familia a los que se les agota la prestación por desempleo y no tienen con qué alimentar a sus hijos, y un largo etc. engrosan esta lista de la vergüenza, de quiénes acaban con su vida empujados por una mano invisible a la que llamamos de forma genérica El Poder.

     En el año 2009, el suicido fue la primera causa externa de defunción en nuestro país, con 3.429 personas fallecidas, registrándose una tasa mayor de suicidios entre los hombres (8 de cada 10 eran varones) que entre las mujeres. Las cifras de suicidio consumado en la tercera edad (a partir de los 60) son las más altas. Sin embargo, a nivel mundial, hay un preocupante aumento entre los jóvenes de entre 15 y 24 años. Si a esto le añadimos que el consumo de drogas y alcohol tiene un papel estrella entre las causas indirectas de la autodestrucción y su ingesta entre los adolescentes se ha disparado, podemos pronosticar que la disminución de estas cifras se presume poco probable.

     La causa del aumento de estos números quizás se halle en el alto índice de desempleo. El paro juvenil ha alcanzado la escalofriante tasa del 52,1%  en nuestro país, solo igualada por Grecia. Cada vez más y más jóvenes se encuentran en un callejón sin salida, los estudios ya no ofrecen siquiera la posibilidad de conseguir un empleo digno. Los medios de comunicación además, se han lanzado a la promoción de los pseudohéroes que, sin trabajo y esfuerzo, consiguen un éxito rápido y se vanaglorian por ello. ¿Qué respuestas esperamos de una juventud a la que se le vende semejante panorama?

     Como ya sentenció el sociólogo Émile Durkheim en su Ensayo sobre el Suicidio,  este sería el efecto de una no integración del individuo en la sociedad más que un puro acto individualista. Entonces, si es la sociedad la que empuja hacia esta muerte ¿no se trataría, pues, de un crimen al fin y al cabo? Si volvemos a echar mano de los datos, nos encontramos con que hay más víctimas de suicidios al año que de conflictos bélicos.

“Los suicidios por la crisis alarman a los italianos”, “Las muertes por suicidio crecen un 10% en Catalunya durante la crisis”,  “Nuevo suicidio en Grecia por la crisis”; estos son algunos de los titulares que podemos encontrar por Internet acerca de este tema. Sin embargo, y para no crear alarmismo, sorprende ver cómo algunos medios intentan desmarcar a nuestro país de tal aumento, como en esta noticia de la edición digital del periódico de información económica Cinco Días.  En ella se comenta, según los datos del INE (Instituto Nacional de Estadística) en cuanto a defunciones anuales, que las cifras de suicidios en 2010 eran más reducidas que las encontramos antes de la crisis, en 2007 (3.263 y 3.158 muertes por suicidio respectivamente). Las cifras de 2011 aún no se conocen pero, ¿hasta que punto son reales estos datos? ¿Cuántos suicidios se disfrazan como accidentes? ¿Se nos está escondiendo en nuestro país, por esto de la ética informativa, las vidas que la crisis se está cobrando?

¿No serían estos suicidios un tipo más de asesinato? Y si es así, ¿se va a juzgar a los responsables por ello? ¿Por qué se permite que la desesperación por asuntos que pueden solucionarse, si el Estado ayuda,  provoque estas muertes? ¿Hasta cuándo vamos a seguir mirando hacia otro lado?

Y mientras pasan los días,  la angustia, el miedo y la incertidumbre irán hundiendo sus raíces, ocupando  el interior del alma de los desesperados; convirtiéndose en un monstruo que lo devora todo, provocado por la sinrazón de un sistema hecho a medida para que los criminales de corbata y traje sigan permaneciendo impunes.

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Acerca de azacajur

Periodista en ciernes amante de la justicia y en constante búsqueda por descrubrir la naturaleza del ser humano delictivo
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