TED BUNDY: EL DEPREDADOR DE SEATTLE


Por Mikel Rodríguez

“He conocido a personas que irradian vulnerabilidad. Sus expresiones faciales dicen: `Tengo miedo de ti´. Estas personas invitan al abuso. Esperando ser lastimadas. ¿Lo fomentan sutilmente?”.

Foto: Ted Bundy. Algo tímido y de aspecto agradable. Detrás de esta fachada se escondía uno de los mayores asesinos en serie de la historia del crimen en EEUU.

De esta manera justificó sus crímenes Ted Bundy en una misiva escrita poco tiempo antes de su fuga del penal de Glenwood Springs (Colorado). Más de una treinta de víctimas según las cifras oficiales, aunque se dice que superó las cien según sus últimas conversaciones con los investigadores.

Fingía padecer una lesión, portando un cabestrillo o unas muletas. En otros casos, se hacía pasar por agente de la ley. Cambiaba de Estado mediante a un Volkswagen Escarabajo. Cuando perfeccionó la técnica para atraer a las jóvenes que le recordaban a su primer amor, él mismo auto-definiría su progreso como “depredación”, tras un inicio torpe aunque letal.

Bundy supone uno de los asesinos en serie más populares del siglo XX. Fuera de las fronteras estadounidenses aún se palpa su resonancia. Carismático, atractivo, inteligente y carente de emoción alguna, sigue siendo uno de los anti-héores fetiche para inspirar a espeluznantes personajes en la ficción.

Foto Film: La historia del  “primer psychokiller moderno” fue llevada a la gran pantalla en el año 2002 bajo la dirección de Matthew Bright.

Theodore Robert Bundy nació el 24 de noviembre de 1946 en Burlington (Vermon). De hecho, adoptó este apellido de su padrastro. Nunca conoció a su verdadero padre. Su madre, Louise Cowell, convivió con los abuelos durante 14 años bajo el engaño de aparentar ser la hermana de Ted, y sus padres, unos hipotéticos progenitores. La vergüenza de tener un hijo bastardo en una comunidad conservadora procuró esta farsa, la cual marcaría de por vida a Bundy.

Un núcleo familiar complejo en el que el abuelo representaba una figura abusiva. Su mujer, asimismo, mantenía alguna cuestión sin resolver con el alcohol y la depresión. A los tres años de edad ya mostraba comportamientos perturbadores. En una ocasión rodeó a su abuela de cuchillos de cocina durante la siesta.

El pequeño se trasladó con su madre a Tacoma (Washington) en 1950 para vivir con unos familiares. Allí se casaría un año después con Johnnie Culpepper Bundy, cocinero de profesión. La familia aumentó con cuatro descendientes más. Aún así, Ted mantuvo una relación distante con el recién estrenado marido de su madre.

Foto: Ted Bundy de niño. Por aquellas fechas ya mostraba comportamientos extraños hacia la gente y mutilaba animales a escondidas.

Eligió estar a solas en su adolescencia porque según él, era incapaz de entender las relaciones interpersonales. No tenía sentido natural para desarrollar amistades. Aún con todo estuvo presente en la actividad social de la escuela. Durante secundaria fue detenido un par de veces por sospechas de robos, entre ellos, de automóviles.

Brooks, el detonante

Un breve paso por la Universidad de Puget Sound daría paso al traslado a la de Washington para aprender la lengua china en 1966. En esta última conoció a su primer gran amor, Stephanie Brooks (pseudónimo). Guapa, triunfadora y de clase media-alta, esta estudiante de Psicología mantuvo una intensa relación con Bundy. Le abandonaría un año después por no cumplir sus expectativas de madurez y ambiciones.

Bundy, devastado por la ruptura, abandonó la universidad en 1968. Eligió Arkansas y Filadelphia, donde fue acogido por familiares. Estudió en la Universidad de Temple. En los registros de parentesco de la ciudad confirmaría la verdad sobre su origen, hecho por el cual le guardaría rencor a su madre durante toda la vida. Un nuevo Ted, ambicioso y más centrado, regresaría a Washington.

Dirigió la oficina de la campaña presidencial de Nelson Rockefeller en Seattle. También asistió a la Convención Nacional Republicana de ese mismo año. La Universidad se convirtió en el siguiente objetivo, con motivo de estudiar Psicología, finalizando como estudiante de honor. Conoció a Elizabeth Kloepfer, una secretaria divorciada de Utah que trabajaba como secretaria en la Facultad de Medicina de su mismo campus.

La Línea Telefónica de Atención a Suicidios de Seattle daría trabajo a Bundy, quien un curso más tarde se graduó en la Universidad de Washington. Su labor en la campaña del Gobernador Daniel J. Evans y la asistencia a Ross David le concederían un nivel de influencia considerable dentro de las relaciones sociales locales. Finalizada la carrera de Psicología, fue aceptado en Derecho en UPS y en Utah, a pesar de sus mediocres puntuaciones en las pruebas de acceso. Los políticos para los que trabajó y algunos de sus anteriores profesores le habían recomendado de manera previa.

Un inesperado reencuentro con Brooks, aquella primera dama que le atormentó durante meses, se sucedería en esa etapa, verano de 1973. Ella quedó maravillada por el radical cambio de Bundy. Mantuvo una relación complementaria con la misma, ya que aún seguía con Kloepfer. Apenas un año después y de manera tajante e inesperada, Bundy puso fin a la relación. Nunca más supo de él. “Sólo deseaba probarme a mí mismo que podría haberme casado con ella”, confesaría años más tarde tras su detención.

Génesis de la masacre

Comenzó a descuidar sus estudios de manera creciente. En este mismo lapso de tiempo se
inició una escalada de desapariciones de mujeres del noroeste del Pacífico. Bundy era el responsable, aún en el anonimato. Durante los diversos interrogatorios ofrecía diferentes y contradictorias versiones sobre sus hazañas. A pesar de que no fue hasta 1974 cuando probaría la sangre por vez primera oficial, ya en 1969 intentó su primer secuestro en Ocean City (Nueva Jersey), mientras visitaba a su familia de Filadelphia.

Cerca de esta zona le reconocería al detective Robert D. Keppel dos homicidios efectuados en 1972 y 1973, aunque sin detalles. De manera similar, los autores y biógrafos de Bundy apuntan la posibilidad de su estreno durante la adolescencia, con una niña de ocho años en Tacoma. La inauguración asesina sabida se produjo a sus 27 años, en 1974. Era consciente de las habilidades necesarias para no dejar las mínimas evidencias incriminatorias en la escena del horror.

Una estudiante y bailarina de 18 años supondría la primera presa. Pasada la media noche, allanaría el sótano de la joven, en las cercanías de la Universidad de Washington. Una barra de metal del armazón de la cama le valdría como arma para asaltarle con dolorosas vejaciones sádicas. Tras diez días en coma, la muchacha sobrevivió al espanto con daños cerebrales permanentes.

Meses más tarde, tendría como salvaguarda a la noche de nuevo. Esta vez, Lynda Ann Healy. La dejó inconsciente. Camufló su apariencia con ropa y la arrancó de sus aposentos estudiantiles. Aproximadamente, una estudiante por mes desapareció de las proximidades.

Donna Gail Manson, 19 años, Olympia. Nunca regresó del concierto de Jazz. Susan Elaine Rancourt (Ellesnburg) corrió la misma suerte. Las denuncias presentadas por compañeras señalaban a un hombre con el brazo en cabestrillo, pidiendo auxilio para poder llevar los libros hasta su Volkswagen Beetle de color marrón claro. Roberta Kathleen Parks tampoco consiguió concluir el café con sus amigos. Nunca apareció.

La única conexión entre las víctimas era la juventud, facciones atractivas y tener el pelo largo con la raya en medio. Brenda Carol Ball, de 22 años, tras salir de una taberna cerca del aeropuerto de Seattle. El 11 de junio del mismo año, George Hawkins. Los testigos aseguraban haber visto a un hombre con muletas y una pierna enyesada que les pidió ayuda para llevar un maletín hasta su transporte. Por entonces, Bundy trabajaba en el Departamento de Estado de Washington de Servicios de Emergencia en Olympia. Su tarea consistía en la búsqueda de mujeres desaparecidas. Allí conoció a Carole Ann Boone.

El secuestro a plena luz del día de dos mujeres en el Lafo Sammamish fue el fin de la etapa de rapiña de Bundy en el noroeste del Pacífico. Cinco mujeres, entre ellas algunos intentos fallidos de camelo, testificaron tras la desaparición de las jóvenes sobre un apuesto pero lesionado muchacho que se hacía llamar “Ted”, el cual invitaba a ser ayudado para la descarga de su barco. Janice Ott Anne, de 23 años, tuvo que presenciar el asesinato  de Denise Naslund (18) antes de sufrir el mismo destino en unas insaciables manos.

Foto: retratos de algunas de las víctimas de Ted Bundy.

La descripción detallada de los mencionados testigos sirvió para elaborar un retrato-robot del sospechoso. La mitad de Seattle fue empapelada con carteles y folletos, así como los medios de comunicación se hicieron eco de la alarma. Kloepfer, novia de Bundy, Ann Rule, un compañero de trabajo de Ted y un profesor de Psicología de la Universidad de Washington reconocieron a Bundy en esa imagen. No obstante, la policía, saturada por 200 avisos diarios, no vio el reflejo asesino de un impoluto estudiante de Derecho.

Ted se mudó en agosto a Utah. Un mes más tarde, viola y estrangula a una autoestopista. La misma suerte correría Nancy Wilcox, de 16 años (Holladay). Y Melissa Smith, de 17, hija de un jefe local de policía, el 18 de noviembre de 1974. Ese mismo mes, Laura Aime, de la misma edad, fue golpeada, violada, sodomizada y estrangulada con medias de nylon por Ted Bundy. Cambió de estrategia. Identificarse como un agente de la autoridad le daba más margen. Pero Carol DaRonch logró escapar tras un violento forcejeo. Debra Jent
desapareció la noche de ese mismo día.

Ríos de sangre hacia Colorado

Las sospechas por parte de la pareja de Bundy aumentaban. Lo denunció al menos en
tres ocasiones, y la policía le incluyó en la lista de posibles sospechosos. Indicios insuficientes para la policía. Aún. Kloepfer  no le confesó la maniobra a su regreso  a Seattle. La relación continuaba. En cambio, Bundy trasladó su coto privado de caza a Colorado, aunque sin abandonar su residencia en Utah, así como la asistencia a las clases. Caryn Campbell, enfermera de 23 años. Demise Oliverso, 26 años, liquidada entre la frontera de Utah y Colorado. Lynette Culver, 12 años, Idaho. Susan Curtis, Salt Lake City, 28 de junio de 1975. Algunos cuerpos nunca se encontraron.

Los investigadores de Washington se percataron del cese inmediato de asesinatos en el noroeste del Pacífico. Ante la maraña de posibilidades, fabricaron dos listas que cercarían a Bundy a través de datos recopilados. Aparecería en ambas.

Fue arrestado en agosto de 1975 por un agente de la Patrulla de Utah en Granger (Salt Lake City) tras saltarse un control rutinario. Encontraron en su coche un pasamontañas, una máscara de medias, una palanca, esposas, bolsas de basura, un rollo de cuerda y un punzón, además de otras herramientas aparentemente diseñadas para el hurto. Bundy explicó de manera calmada que era equipaje de esquí y material doméstico. El agenté recordó casos predecesores de los asesinatos acontecidos durante esos meses. Las pruebas incriminatorias seguían concediendo espacio para las dudas. De hecho, Bundy, aficionado a fotografiar a sus víctimas para un recuerdo gozoso, destruyó las tomas tras su liberación.

Sabía desconcertar a la autoridad con su capacidad camaleónica. El 23 de febrero de
1976 comenzó su juicio por secuestro agravado. Las afortunadas que habían conseguido escapar testificaron en su contra. Durante la celebración de su segundo proceso, despidió a sus abogados y decidió defenderse a sí mismo.Aprovechó su visita a la Biblioteca de la Corte de Aspen (Colorado) para fugarse por la ventana. La lesión de tobillo causada no le impidió eludir a la policía durante los seis días que sobrevivió gracias a robos y al hospedaje de una generosa caravana abandonada. Le atraparon mientras robaba otro Volkswagen.

En enero de 1977 repitió la fuga por el techo de una de las estaciones de la cárcel. Hasta las 15 horas no le echaron en falta en el correccional. Chicago y Florida fueron los siguiente destinos, bajo el pseudónimo de Chris Hagen. En febrero de 1978 secuestró a Kimberly Leach, de 12 años, en Lake City. Su cuerpo apareció ocho semanas después. Entonces, por alguna razón regresó a su apartamento de Tallahasse, deshaciéndose de la furgoneta blanca. Fue detenido al intentar sustraer un nuevo vehículo, aunque huyó. Finalmente, Pensacola supondría el final de su trayecto. Un agente reconoció las matrículas del automóvil robado. La resistencia a la autoridad, hasta el último suspiro en la detención.

En calma hasta el final

Un año después, en junio de 1979, Ted Bundy fue juzgado por los crímenes de la fraternidad Chi Omega. Se encargó de su defensa, pero sin éxito. Culpable, y sin mostrar remordimientos, ni sentimiento alguno. Su madre sí suplicó piedad. Un juicio amañado, por lo que no debía pedir clemencia por hechos  que él no había cometido. Pena de muerte en la silla eléctrica por el homicidio de Lisa Levy y Margaret Bowman.

Ya sentenciado, fue también condenado por el crimen de Leach. Esta vez contrató a dos letrados para demostrar incapacidad mental. Estiró todo lo posible con argucias y tramas una defunción ya fechada. Y lo consiguió. Pero tan sólo, un leve retraso.

Foto: Cadáver de Bundy después de ser ejecutado en la silla eléctrica.

Se casó con Carol Ann Boone pocas horas antes de ser enviado a la prisión de Raiford. A finales de 1988, la Corte Suprema rechazó el último de sus numerosos recursos. Entonces, acorralado, se sinceró en tercera persona para evitar el estigma de la culpa y comenzó una rueda de entrevistas detalladas sobre las atrocidades durante sus últimos días. Aunque no confesó todo.

Vídeo: Sorprendentes declaraciones de Bundy en una de sus entrevistas.

Responsabilizó a su abuelo, a la falta de su padre, a la ocultación de su verdadero parentesco, a la policía, al alcohol, a la sociedad, a la violencia mediática y a la pornografía. Sin embargo, tampoco coló la manipulación. Excusas de última hora sin garantía. Ted Bundy fue electrocutado el 24 de enero de 1989 con un aclamador público a la salida de la fritura.

Era consciente de cómo deshacerse de posibles pruebas. No quería ser atrapado. Y no tenía remordimientos. La noche le protegía. Su encanto, también. Aún así, evolucionó. La lástima atrae. Con todo, en sus últimas cacerías descuidó la técnica cuando el ardor del deseo le llamaba.

Comenzó a secuestrar mujeres cuando las relaciones sexuales consentidas no le satisfacían. El asalto y la posesión eran su motivación, su perversa pulsión. Objetos inertes. También la posesión de los restos de sus víctimas. Más allá de las fotografías, Bundy a menudo visitaba las escenas de sus fechorías para practicar la necrofilia. Mataba por traumatismo y estrangulación. Mujeres aproximadamente de entre 15 y 25 años, de raza blanca, clase media, universitarias, y con pelo largo. Casi todas, similares a Stephanie Brooks, su primer amor.

“…Nosotros los asesinos en serie somos sus hijos, somos sus esposos, estamos en todas partes. Y habrá más de sus niños muertos mañana”.

Ted Bundy

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Acerca de azazu84

Periodista en ciernes amante de la justicia y en constante búsqueda por descrubrir la naturaleza del ser humano delictivo
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6 respuestas a TED BUNDY: EL DEPREDADOR DE SEATTLE

  1. Miki R. dijo:

    Me ha encantado el aderezo, compi. ¡¡¡Muchas gracias!!!

  2. juanjo 82 dijo:

    Muy buen articulo, bien resumido y detallado.

    • azazu84 dijo:

      Es curioso que este tipo de asesinos tengan esa pulsión por los cuerpos inertes. ¿Qué lleva al ser humano a desear sexualmente un cadáver? Tony King, el asesino de Rocío Wanninkhof, practicaba la necrofilia porque de esta manera la persona ya no tenía la capacidad de juzgarle (era impotente). Me alegro de que te haya gustado el artículo.

  3. Miki R. dijo:

    La necrofilia en muchos casos, como el de Bundy, es por esto que comentamos de posesión-dominación, típico de personas con trastornos de personalidad anti-social. Uno de los síntomas que comparten l@s asesin@s en serie es la cosificación y deshumanización de sus víctimas. De hecho, Ted Bundy, incluso llegó a maquillar a dos de sus víctimas (por los menos) después de muertas con motivo de “sentirlas más atractivas”.

  4. ME GUSTRIA SABER EN DONDE QUEDARON LAS CENIZAS DE ESE HIJO DE PUTA.ME ENCANTARIA ORINAR SOBRE LOS JODIDOS RESTOS DE ESE PERRO MAL NACIDO.

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